Mar de noche con la luna de fondo.

Los grandes edificios, transmisores de vida de día, de noche receptores de fogosos amores. Los verdes árboles, color esperanza cuando la luz los alumbra, engañosos, de noche son venganza. Los perros ladran alegres, quizás para intimidar las sombras, pero estas llegan, dementes, sirvientes de una noche llena de formas. Personas se esconden en los callejones y de ellos salen cuando el Sol se da por vencido. Al fin, por fin, vivir, quizás sobrevivir. Porque todo cambia de noche, más bien todo se muestra tal cual en la oscuridad, ese mal fatal que es dulce, ambrosía, sabe a gloria, alimento de dioses. Ese amor, falsamente verdadero solo muestra su verdad de noche, sin una luz que muestre el rosado de sus mejillas, solo la noche alumbrando con estrellas, lo suficiente para saber donde apuntar, donde besar y volar, volar al séptimo cielo. Luego de día los que volaban de noche se dan la espalda, porque la luz les recuerda sus defectos y olvidan que una vez fueron perfectos para la otra persona, en las sombras. Es irónico que a pesar de que la oscuridad sea el único momento en el que nos podamos expresar tal cual, con todos nuestros demonios y perfección, sigamos encendiendo una luz mientras dormimos. ¿Será que nos aterra su silencio? ¿Será que nos recuerda demasiado al final, en el que todos somos tal cual, alma y huesos?

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