reloj de arena, libro, cofre, cartas, pluma

Ayer estuve con mi tío, fumador empedernido.
Le pregunté irónica, “¿Sabías que fumar puede matar?”,
y me contestó, “¿Y sabías que vivir te mata?”

Y pues aquí estoy, intentando escribir desafiando al tiempo,
intentando detener la arena del reloj.

Me mata el saber que moriré sin saber.
Me mata el saber que nunca sabré el por qué tú,
por qué nosotros,
por qué no otros.

Me mata el saber que no sé
por qué el viento sopla desde tu dirección hacia la mía
para hacerme llegar tu olor,
para hacerme desear tu sabor.

Me mata el saber que no sé
interpretar la mirada de un gato,
aliviar el dolor de un perro
asesinado lentamente por las pulgas.

Me mata el saber que no sé
por qué nos mordemos las uñas,
por qué nos tocamos el pelo delante del amado,
por qué no decimos te quiero seguido de su nombre.

Me mata el saber que no sé
el por qué de nuestro miedo a morir
si lo único que sabemos con seguridad
es que vamos a morir.

Pero también me anima a vivir
el saber que no sé,
las ganas de saber.

Las ganas de saber
por qué vivir te mata.
Por qué la arena sigue corriendo.
Por qué tú,
por qué nosotros,
por qué no otros.
Por qué el viento sopla desde tu dirección hacia la mía.
Qué dice la mirada de un gato,
cómo se alivia el dolor de un perro asesinado lentamente por las pulgas.
Por qué nos mordemos las uñas,
por qué nos tocamos el pelo delante del amado,
por qué no decimos te quiero seguido de su nombre.
Por qué nuestro miedo a morir.

Quizás la vida mata porque está enamorada de la muerte,
quizás la arena sigue corriendo porque el viento la mueve,
quizás tú porque me miraste a los ojos,
quizás nosotros porque entendimos nuestras miradas,
quizás no otros porque nunca se atrevieron a mirarse,
quizás el viento sopla desde tu dirección hacia la mía para ayudar a los enamorados a buscarse, a encontrarse,
quizás la mirada de un gato dice lo mismo que la mía,
quizás el dolor de un perro no se alivia,
quizás nos mordemos las uñas para no pensar,
quizás nos tocamos el pelo delante del amado para vernos perfectos,
quizás no decimos te quiero seguido de su nombre porque nos da miedo que no sea correspondido,
quizás nos da miedo morir porque cuando tenemos las respuestas,
nos cambian las preguntas.

Pues nada, aquí estoy,
intentando escribir desafiando al tiempo,
intentando detener la arena del reloj.

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