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No quería descansar de tí. De ver tus ojos marrones, tu pelo negro. De sentirme bajita cuando pasabas a mi lado. De tu característica chaqueta verde. De sentir mariposas cuando nuestras miradas se cruzaban. Era vernos y seguir viéndonos, una vez que nos detectábamos con los ojos no dejábamos de mirarnos. No decíamos nada, ninguno nunca se atrevió a decir nada; sin embargo nos lo decíamos todo. Y cuando desaparecías de vista, mis ojos se sentían desnudos, inútiles… no entendían el por qué seguir mirando si no era a ti.

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Fuiste mi droga unas cuatro semanas y no quería dejarte. Sabia que mi vicio no era bueno, ¿pero qué se le va a hacer?, cada uno se mata a su manera. Y esa sola semana de vacaciones fue suficiente para dejar de depender de ti, mis pensamientos poco a poco te olvidaron. No del todo, pero sí lo suficiente como para no poder recrear tu rostro en mis sueños. Me volví loca al probar otras drogas, y añoré la seguridad de pensarte.

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Cuando volví a verte no sentí mariposas, sentí un fuerte golpe en el corazón. ¿Cómo se le llama a eso? Evité por todos los medios encontrarte, y lo conseguí, no del todo, pero si en su casi totalidad. Y esos pequeños momentos en los que miraba tu preciosa cara fueron suficientes para que mis ojos pidieran un contacto más íntimo. Y hoy, por fin, mis ojos se cruzaron con los tuyos. Tu mirada era diferente en algunos detalles. En general seguías siendo el mismo al mirarme, pero noté un pequeño “Te echo de menos” en ellos, y me mirabas hambriento, como si hubieras olvidado la maravillosa sensación de nuestras almas haciendo el amor.

3lena

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