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Limpiaba sus manos ensangrentadas, acariciando suavemente cada dedo, viendo la pureza de su piel, perfecta si no fuera por la marca de tanto escribir en su dedo. Sus nudillos estaban enrojecidos por los golpes tan fuertes que había dado contra la pared, la fina piel desgarrada. Miré su rostro, ni una mueca de dolor, me miraba profundamente como si aquello fuera un sueño, ajena a que la sangre no paraba de brotar intentaba ver mi alma. Doblé la toalla para utilizar una parte limpia y procedí a limpiarle la cara que se había manchado debido a que se había tocado con las manos ensangrentadas. Noté que se sonrojó levemente, sonreí.

– ¿De qué te ríes? – preguntó ella molesta.
– Jajaja, no me estoy riendo.
– ¿Ah no? ¿Y eso qué es?

No le contesté y seguí limpiando su dulce rostro. Acariciaba sus pequeñas cejas, bajaba hacia sus profundos ojos, continuaba por sus rojas mejillas y acababa en sus rosados labios.

– Me tratas cómo si fuera alguien importante para tí, y no como la chica que viste golpeando cómo loca las paredes.
– Eres importante para mí. – le contesté. Me parecía increíble que no lo supiera.
– Es la primera vez que hablamos.
– ¿Y?
– Nadie puede ser importante para otra persona en tan poco tiempo. – argumentó ella.
– No eres importante para mí desde hace unos minutos, eres importante desde que te miré por primera vez.

No dijo nada.

– No lo entiendo. – contestó después de unos segundos en silencio.

Toqué su cara con las manos y me acerqué a sus labios cerrando los ojos. Cuando casi los pude rozar se apartó.

– Lo siento. – contesté rápidamente.
– No pasa nada, es solo que no quiero tomarme las cosas a la ligera.
– De acuerdo entonces.
– Para conseguir un beso mío hace falta mucho más que limpiarme las heridas. – dijo ella.
– Entonces lucharé por él.
– Suerte. – y sonrió.

Y en ese momento me volví a perder entre los detalles de su alma.

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